martes, 25 de febrero de 2020

PRIMERA PARTE: En el jardín.

-Es el jardín más hermoso del vecindario, mira como aquellos chicos les gusta pasar por allí para llegar al arroyo – Grito don Fulgencio.



-¡Gracias! Usted sabe, mi mujer cuida de él muy bien.

Sin más, me miró entristecido y siguió su camino en medio de su jardín.

-¿Por qué el cambio? – Me pregunto. Todos los días me repetirme lo mismo. Me sacudo los pensamientos con el mismo movimiento del pantalón, quitando los destellos de tierra seca que se quedaron como huella de mi inclinación al enterrar la petunia. Termino de rosear las azucenas, porque ya todo el resto del jardín está preñado de buena agua. Al entrar y cerrar la puerta, grito:

-Cariño, hoy don Fulgencio ha piropeado de nuevo tu jardín.


SEGUNDA PARTE: En la casa.

Escucho un leve sonido al fondo en respuesta a mi enunciado. Sigo como de costumbre, acaricio al gato, este huye de mí como la muerte, pues siempre ha querido más a mi mujer que a mí. Lo entiendo, después del último zapatazo que le mandé atrás, pues le había sorprendido otra vez tratando de cazar al único pez que ya me queda.

El doctor Abelardo me lo recomendó.

-Los peces son los mejores compañeros, pues solo demandan de ti alimento y agua limpia. No estarán ladrando y dejando porquerías por doquier o simplemente no hará lo mismo que hace tu gato con las cortinas o muebles.

Tenía toda la razón, pues el gato solo nos ha dado problemas. Mi esposa siempre lo mantuvo a raya, pero desde el año pasado tenía un buen arsenal de peces: pez león, goldfish, bailarinas, peces neón, monjitas y bettas, cada uno de ellos fueron desayunados por ese maldito gato, que si no fuera por mi mujer, ya lo habría echado a la calle.

Sigo al desayunador, todo como de costumbre.

-Amor, tranquila, yo me preparo algo para desayunar. – Grito desde la cocina. No recibo respuesta, al parecer salió a su adorado jardín. Termino el desayuno, mientras leo en el periódico las mismas noticias. Abandoné allí mi pensamiento que se envolvía junto al periódico de ayer, con el cual golpee de nuevo al degenerado del gato.

-¿Qué es lo que buscas? – Exclamé, -mi mujer está en el jardín, vete a buscarla.

Como si aquel felino ya había hecho su búsqueda. Me siento frente a la tele, pero ¿para qué verla? Nada interesante. Allí me descubre de soslayo Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza, aterrizo en el mismo paraje de todos los días: Lo Fatal.



TERCERA PARTE: La espera.



No termino de leerlo cuando tocan a la puerta. No me apresuro al timbre, pues sé que mi mujer está en el jardín, allí me sorprende de nuevo el sueño no acumulado, aquel que le gusta jugarle las cartas a los viejos retirados. La noche me besó los ojos con su frío y al abrirlos, me di cuenta que dormí por horas. Pues no hay más, sé que entonces mi mujer me dejó descansar y que posiblemente ya se haya ido acostar.

Apresuro mi paso cansado hacia nuestro aposento, veo que su libro de noche está marcando la misma página de ayer y de todos estos largos días.

-Amor, ¿ya vienes?

Mientras le espero en la cama, sin intensión más que de acompañarle que de dormir. Me quedo aguardando a que atraviese el umbral de la puerta, pero no llega.

-Amor. - Sigue sin contestarme, mientras una lágrima se escabulle por el ojo izquierdo y el eco del silencio retumba en mi corazón, toca cada fibra sensible, mientras me pregunto:

¿Por qué no es hoy que vienes por mí?