Escucho un leve sonido al fondo en respuesta a mi enunciado. Sigo como de costumbre, acaricio al gato, este huye de mí como la muerte, pues siempre ha querido más a mi mujer que a mí. Lo entiendo, después del último zapatazo que le mandé atrás, pues le había sorprendido otra vez tratando de cazar al único pez que ya me queda.
El doctor Abelardo me lo recomendó.
-Los peces son los mejores compañeros, pues solo demandan de ti alimento y agua limpia. No estarán ladrando y dejando porquerías por doquier o simplemente no hará lo mismo que hace tu gato con las cortinas o muebles.
Tenía toda la razón, pues el gato solo nos ha dado problemas. Mi esposa siempre lo mantuvo a raya, pero desde el año pasado tenía un buen arsenal de peces: pez león, goldfish, bailarinas, peces neón, monjitas y bettas, cada uno de ellos fueron desayunados por ese maldito gato, que si no fuera por mi mujer, ya lo habría echado a la calle.
Sigo al desayunador, todo como de costumbre.
-Amor, tranquila, yo me preparo algo para desayunar. – Grito desde la cocina. No recibo respuesta, al parecer salió a su adorado jardín. Termino el desayuno, mientras leo en el periódico las mismas noticias. Abandoné allí mi pensamiento que se envolvía junto al periódico de ayer, con el cual golpee de nuevo al degenerado del gato.
-¿Qué es lo que buscas? – Exclamé, -mi mujer está en el jardín, vete a buscarla.
Como si aquel felino ya había hecho su búsqueda. Me siento frente a la tele, pero ¿para qué verla? Nada interesante. Allí me descubre de soslayo Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza, aterrizo en el mismo paraje de todos los días: Lo Fatal.

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