-Es el jardín más hermoso del vecindario, mira como aquellos chicos les gusta pasar por allí para llegar al arroyo – Grito don Fulgencio.
-¡Gracias! Usted sabe, mi mujer cuida de él muy bien.
Sin más, me miró entristecido y siguió su camino en medio de su jardín.
-¿Por qué el cambio? – Me pregunto. Todos los días me repetirme lo mismo. Me sacudo los pensamientos con el mismo movimiento del pantalón, quitando los destellos de tierra seca que se quedaron como huella de mi inclinación al enterrar la petunia. Termino de rosear las azucenas, porque ya todo el resto del jardín está preñado de buena agua. Al entrar y cerrar la puerta, grito:
-Cariño, hoy don Fulgencio ha piropeado de nuevo tu jardín.
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